MUNDO I (DESHIDRATACIÓN)
“La tierra ofrece lo suficiente como para satisfacer lo que cada persona necesita, pero no para lo que cada persona codicia”
Mahatma Gandhi.
“Si todo es humano entonces todo es peligroso”
Eduardo Viveiros de Castro.
Esta es una exposición que proviene de Chile, pero que se trata del mundo. Es desde una serie de experiencias Chilenas que emerge la exposición como un aparato para el pensamiento en torno a la relación de la biología y la política. El cuerpo humano es un organismo que se encuentra dividido entre una dimensión política o social y una dimensión corpórea u orgánica, o eso es lo que a veces creemos. ¿Desde donde habitamos y percibimos el mundo? ¿cual facultad es la que nos conecta a la realidad? Dos ejemplos simples para visualizar esta escisión, podrían ser la respiración y el pensamiento. Ambas acciones parecen acontecer casi como un acto reflejo. Son cosas que el cuerpo sabe hacer sin dificultad y, muchas veces, no necesita de la activación de una conciencia voluntariosa para llevar adelante estas tareas. Ambas acciones parecen lidiar con sustancias invisibles, pero que de alguna manera son testimonio de que el cuerpo entra en contacto con el medio (el Mundo). El pensamiento pareciera nutrir al ideario humano, de ahí su asociación natural al dominio de lo “político”. En su contraparte la respiración oxigena al cuerpo, manteniendo el flujo vital de partículas de oxígeno en el organismo, procurando la sobrevivencia de este; la respiración es una acción de la biología del cuerpo. Pero, ¿suceden el pensamiento y la respiración en dominios separados? Se puede escindir el cuerpo entre ese aparato que respira y un aparato que piensa? Son estas actividades -por una parte racional, por otra biológica-, unas que se alojan en compartimientos del cuerpo que a veces nos parecieran existen en dimensiones desconectadas. En este punto propondré que a la tradición política occidental reciente le ha faltado integrar la consigna de Spinoza que señala que todo está compuesto de “una sola substancia que consta de una infinidad de atributos”[1]. Los desarrollos técnicos de los últimos siglos de existencia humana nos han permitido levantar esta ficción de que el cuerpo humano no experimenta con el resto del mundo un estado de continuidad. Muchas veces los documentos de la política (bastaría revisar por ejemplo la constitución política vigente en Chile) parecen ignorar que el sistema de relaciones que regulan (humanas), se encuentran alojadas en un ambiente (no humano) que se ve afectado por los efectos de su regulación. Dicho de otra manera; la política regula las relaciones entre los cuerpos que razonan, dejando relegado a un segundo (inclusive tercero o cuarto o quinto) estrato de importancia la cautela de los cuerpos que respiran sin razonar -creemos. La política reciente (desde nuestro percibido estado de emancipación respecto de lo natural) ha ignorado que sus efectos (al ser estos los de una vida humana regulada políticamente) dejan huella sobre el mundo no humano, con el que precisamente colinda, o, inclusive, dentro del cual existe. Me propongo a pensar inclusive que, aquellos cuerpos no humanos, pero que son combustible directo para la vida humana (ya sea su dimensión biológica, material o simbólica), están primero para la política, que inclusive otras entidades vivas. Ya hemos visto cómo es que aparatos políticos han privilegiado la existencia de una maderera por sobre la existencia de un bosque o de la industria del petróleo por sobre la cautela de un aire descontaminado. De esta manera hemos propuesto una especie de antagonismo contra una parte de nuestra vitalidad, haciendo de la política herramienta de nuestra propia destrucción, ya que no considera los impactos de los efectos de su regulación. De esta manera el mundo como organismo se ha dividido. Una parte de su continuidad (nosotros mismos como especie), se ha percibido, erróneamente como suficiente e independiente de su otra mitad vital (la naturaleza misma), y de esta manera hemos diseñado las regulaciones para nuestra existencia (la política) como un atentado a la biología del entorno vital que nos permite existir. Lo ejemplifico de la siguiente manera; este es el cerebro declarándole la guerra a los pulmones. Para el ejemplo que propongo, el Mundo sería el cuerpo, el cerebro la humanidad, los pulmones, son todo lo demás que respira, cuya disfunción es el envenenamiento de todo lo que existe en nuestro dominio (inclusive el cerebro y las ideas que este origina). Al mundo no le ha quedado otra forma de subsistencia que adaptarse a la muerte, aprender a nutrirse de veneno, pero este es un proceso adaptativo que pudiese ser más lento que la capacidad de adaptación del propio cuerpo humano o, inclusive, nuestra huida del planeta. Que vamos a hacer, si cuando nos demos cuenta de que eso que hemos venido depredando, no es otra cosa, que una parte vital de un organismo que es el propio? Que contingencia vamos a inventar cuando el aire ya no tenga la capacidad de levantar las partículas de oxígeno, o estas se encuentren tan empobrecidas que no haya pulmón capacitado de extraer su contenido vital? Si envenenamos el aire, este nos embriagará? La humanidad practica la ingesta de venenos no mortales, como el alcohol. Este envenenamiento controlado altera nuestros estados de percepción, ¿pasará lo mismo con un aire envenenado? Podremos distinguir la embriaguez cuando sea el aire que nos altere los estados de conciencia, cuando sea el medio en el que respiramos el que se encuentre alterado de manera de generarnos una alucinación de la cual la colectividad de seres respirantes no pueda escapar? Será que ya hemos entrado a ese estado? Envenenarse es mortal, nocivo, pero (y dependiendo de la sustancia y la cantidad que se use para este fin), es también una manera de enfrentarse a la muerte como si esta fuese un pasatiempo embriagante. Cuanto nos queda como especie para vivir colectivamente en la embriaguez del envenenamiento lento y Mundial? Como todo consumo de sustancias alucinatorias, el proceso puede ser recreativo, estimulante, hasta que cruzamos el punto de no retorno; la sobredosis. Me aterra imaginarnos compartiendo ese momento, a la humanidad por completo, un viaje colectivo angustioso y delirante. Lo más perturbador es que es posible que ya hayamos ingresado a este estado sin haberlo concientizado.
En la creencia de que la política es nuestra herramienta regulatoria para diseñar la trama de relaciones humanas, hemos hecho de nuestra existencia una sustancia envenenante de la que hemos preferido ignorar sus efectos hasta que ya se han vuelto innegables (Antropoceno). El cuerpo humano se encuentra en el centro del diseño de esta estructura (la política), por ahora concebido más como un cuerpo pensante que como uno que respira, se hace urgente ajustar la medida de esta creencia en un ejercicio de conciencia que nos redefina como entidad biológica. Necesitamos volver a pensarnos como organismos de continuidad ambiental y, desde esta nueva visión de mundo, re-articular un proyecto político que sepa procurar protección a todo lo que respira. De alguna manera, el proceso de reescritura de la constitución política de Chile, fue un esfuerzo de conciencia colectiva que se orientó en esta dirección, para luego retraer todo el volumen de su avanzada. Me parece natural que las colectividades humanas inicien estos procesos de redefinición política, considerando que las condiciones ambientales para un correcto respirar se encuentran amenazadas. Pero antes de entrar en el caso específico de Chile quisiera plantear una idea como un modelo para pensar en este problema; el modelo es la ubicación del agua.
Donde Está el Agua?
Una cosa que he tenido que aprender con algo de incredulidad, es que nuestros cuerpos están compuestos principalmente de agua (más del 50 %). Esta idea me la refuerzan desde que soy niño y siempre me ha parecido fascinante y rara. Como es que el agua puede edificar? volverse corporal? Una célula es la unidad fundamental para esta operación, el ladrillo de agua, podríamos decir. Un líquido encapsulado, convertido en organismo microscópico, con una membrana (un agua que sabe ser piel) como límite y soporte. Pero esta piel (la membrana) es un contorno conectivo, que permite el flujo y la circulación. De esta manera la célula no es solo una forma modular y viva de lo líquido, sino que es, también una unidad social, que le permite, inclusive en un estado corporeizado, la realización de las dinámicas propias del agua como las ejecuta, por ejemplo en un rio (el flujo). El cuerpo humano es entonces una forma del agua (no de un agua pura, pero si de un líquido que, asociado a otras substancias se sabe erguir y ser organismo). La células son unidades acuosas que como una frágil arquitectura sabe producir seres de distinta naturaleza, entre estos, nosotros los humanos.
Pero, y volviendo a esta idea inicial, si el cuerpo es agua, debe ser que la aceleración del crecimiento de la especie humana implica la deshidratación de algún otro cuerpo (macro escala). La colectividad humana es entonces como una gran esponja sedienta, deshidratante de los espacios con los que hace contacto. No es de extrañar que el crecimiento de la demografía humana esté en estrecha relación con los procesos de sequía a nivel planetario. Y es que, el crecimiento en número de nuestra especie, no significa solamente que hay más agua localizada dentro de cuerpos humanos (que de no estar ahí podría estar en el ambiente o la materia de alguna otra forma en base a agua), sino que también hay volúmenes de líquido muy significativos que ya no se encuentran localizadas en zonas de naturaleza biológica per-se, pero que ahora conforman parte de un sistema que nutre las formas de la vida humana. Con esto quiero decir que, la esponja humana no es solo la colectividad de cuerpos humanos, sino también, todas esas formas de la existencia intervenida por la humanidad para su uso (exclusivo como especie) y que, muchas veces involucra a otros cuerpos naturales distintos del cuerpo humano. El caso por ejemplo de los cuerpos de las gallinas en un criadero o la infinidad de partículas de agua y minerales involucradas en la industria minera. ¿Qué porcentaje de las partículas de agua del mundo están invertidas en los procesos de vida humana? Cuantas de estas partículas de agua han sido desviadas desde otros ciclos y procesos de vida orgánica no-humana, estando entonces la humanidad comportándose como un gran agujero de succión? ¿Cuantas formas de vida han sido extinguidas (deshidratadas) en este proceso de convivencia con una humanidad que no considera su regulación como una forma de auto control, sino, más bien por el contrario, como una maquinaria devastadora de expansión? La colectividad humana es un gran sistema-ser de agua que tiene una sed que no sabe controlar, su deseo de agua es crecientemente exponencial.
Retomemos la pregunta inicial: ¿Dónde está el agua? Esta parecía circular por un sistema orgánico de escala planetaria. Mi propuesta es que lo humano (que siempre fue parte de este ciclo), se produjo ecológicamente, como un aparato para el desequilibrio de este sistema, capturando más partículas de vitalidad de lo que resulta sustentable.
MUNDO
(La exhibición).
Esta exposición tiene, en su diseño, una voluntad bifurcada, la de hablarle a un cuerpo doble; por una parte pensante, por otra sensible desde su biología (en mi creencia profunda estas dos “partes” no se separan y sus facultades son las mismas pero experimentamos sus manifestaciones como si se tratara de asuntos sustancialmente distintos). Pensé en el diseño de montaje como un recorrido que es, a ratos cerebral (narrativo) y a otros estomacal (emotivo). Hay de alguna manera una voluntad de ordenar cosas como si estas estuviesen dispuestas para ser percibidas por el cerebro, en otros momentos la exposición propone un ordenamiento de elementos como el que podría existir al interior de las obscuras cavidades de un cuerpo. La exhibición entonces, parte narrativa (LOS HUESOS) y termina narrativa (MADRE DRON), como si estos extremos fuesen un paréntesis de sentido que le dan contexto al resto de las cosas que contienen (el resto de las piezas en la exhibición). Este paréntesis funciona entonces como una bolsa contenedora (una tripa), que tolera formas disímiles, pero que se asocian desde distintas perspectivas a los contenidos de la propuesta de exhibición. De esta manera, los extremos de la exhibición, el ingreso y la salida (podríamos decir su boca y su ano), son polos de un recorrido diverso, pero que propone miradas en torno al asunto ecológico desde Chile. Cada pieza funciona como una isla enterrada en una sustancia que es de alguna manera el espacio afectado por la exhibición.
Además la exhibición contiene un elemento museográfico que es por una parte un elemento estructurante, ya que propone un recorrido y funciona como soporte para algunos trabajos. Pero es también un elemento simbólico, ya que nos presenta una imagen. Un trozo de la cordillera de los Andes aparece invertida en la sala de exhibiciones. Propongo este elemento como una sustancia del territorio Chileno desplazada, visitando el otro lado del mundo. La montaña parece chorrear como si fuese un líquido duro. Una sustancia que es un poco un sangrado y una estalactita, como una cueva que sabe desplazarse fotográficamente y hacer su aparición en la sala de TOKAS (Tokyo). Invertida permanece, como si nunca hubiese abandonado su territorio original (Chile, al otro lado del mundo). Yo y la cordillera fotográfica viajamos juntos, ambos experimentamos el efecto de vivir con el organismo invertido al pararnos en suelo Japonés. Sobre este panel-fotografía se instalaron trabajos de Sofía de Grenade, Aymara Zegers y Nicolás Rupcich.
Los HUESOS, de León & Cociña es una película corta en donde la niña, Constanza de Nordenflicht, a partir de restos óseos, revive a dos personajes históricos de la política chilena; Diego Portales (quién fuese su esposo) y Jaime Guzmán. Estos dos personajes son agentes centrales en la escritura de dos de las constituciones de Chile, autoritario y oligárquico. La niña revive estos cuerpos, los trae de regreso en un ritual emancipador, por el medio del que se divorcia (o más bien deshace su vínculo) con Diego Portales, el que siendo un político influyente, inicia un romance con Constanza, siendo ella aún una niña. Jaime Guzmán, oficia como una suerte de sacerdote de este matrimonio a la inversa. Constanza, por medio de su desvinculación, nos permite pensar en la posibilidad de deshacer los designios propuestos por estos hombres de la política Chilena. Su desvinculación es un signo de esperanza, nos propone que esta hazaña de dividirnos del autoritarismo abusivo encarnado por estos personajes es una perspectiva en la que podemos pensar. Es importante considerar que, si bien la película está ficticiamente situada en 1901, fue producida en el tiempo que en Chile estábamos viviendo un proceso de reforma constitucional. Esta parece ser un aliciente, una ficción que acompaña a la realidad en este proceso de intentar lograr la emancipación por medio de un texto constitucional escrito con participación ciudadana y perspectivas de resguardo de minorías, la naturaleza, pueblos originarios, entre otros.
En el otro extremo de la exhibición (al final del recorrido) nos encontramos con MADRE DRON de Patricia Domínguez. Este video nos propone pensar la relación entre política y naturaleza (biología), donde el impacto de las decisiones humanas es transnacional y múltiple, muchas veces movilizado como una energía de violencia. La artista cruza tres cegueras (humana, animál, robótica) en un relato múltiple que sucede en el extenso territorio sudamericano, conectando las protestas Chilenas con imágenes de rescate y rehabilitación de especies animales en la Amazonía Boliviana. Desde 2019 en Chile hubieron importantes movilizaciones sociales que convirtieron muchas ciudadaes del país en territorios de enfrentamiento donde se explicitó el antagonismo entre una ciudadanía disconforme, desesperada, agobiada (por una parte) y unas estructuras de poder y represión política (por la otra). Los enfrentamientos parecían apuntar parte de su violencia hacia la visión, resultando al menos 445 heridos oculares (según conteos del Instituto Nacional de derechos Humanos). Por su parte, los manifestantes usaron punteros laser como una herramienta con la cual enseguecer las cámaras aéreas portadas por drones que sobrevolaban las marchas como herramientas de control. Cientos de delgadas luces laser se elevaban hacia el cielo persiguiendo a estos ojos voladores, intentando anular esta mirada vigilante. Este gesto, que conecta al suelo con el cielo, a un dedo (laser) con un ojo (robot), a las personas protestando con la vigilancia tecnológica, se volvió una escena muy representativa de las movilizaciones de 2019. La película nos propone desplazarnos a la amazonía, en donde los incendios forestales (que en los últimos años se han multiplicado por el impacto del calentamiento global y las actividades industriales en la zona) afectan gravemente a muchos animales. Un tucán afectado en su ojo toma un cierto protagonismo, en un relato visual que vincula a esté ser amazónico con el dron (una especie de ave de plástico y metal, sin voluntad animal pero como un instrumento de visión institucional) y los ojos de los manifestantes chilenos. Esta contienda entonces parece ser cibernética, multiespecie y no un fenómeno acotado a la política humana.
Entre estos extremos (“Los Huesos” y “Madre Dron”) el resto de los trabajos como apariciones significantes activando la exhibición como un sistema lleno de figuras y operaciones críticas. Aymara Zegers muestra su serie de videos Del cuerpo no podemos caer donde unos cráneos animales explotan lentamente, dejándonos ver cada detalle de un gesto de violencia explosiva, “un gesto escultórico terminal”, diría la artista. El cuerpo ya no vuelve, la forma del esqueleto se despedaza, siendo su reconstrucción una imposibilidad. El estallido nos recuerda la mecánica de extracción de cobre y otros minerales. Se dinamita la tierra para alcanzar una profundidad rica en sustancias minerales. Este proceso convierte el paisaje del desierto en unos áridos acantilados, como cráteres generados por la industria. El rastro de la violencia extractiva impacta el territorio de una manera que es dificil revertir, epro que es parte sustancial del progreso.
Ei trabajo de Nicolás Rupcich, EDF, nos presenta una serie de paisajes naturales del sur de Chile, siendo amenazados por una obscuridad lenta, como un fantasma sombrío que tiene la capacidad de tragarse incluso la montaña más alta. Esta barra de opacidad negra acvanza silenciosa, lenta, pero al parecer sin freno. La naturaleza no sabe reaccionar, no puede huir, parece esperar su tiempo de entrar en la obscuridad para volverse invisible, para habitar la prolongación de un ambiente sin sol. Estas escenas parecen como las de una película de terror, en donde los cuerpos en angustiosa persecución tienen el tamaño del territorio, la fragilidad amenazada es el paisaje mismo y toda la vida que lo constituye.
Crisol Negativo es una serie escultórica que la artista Sofía de Grenade viene desarrollando hace algunos años. En esta oportunidad exhibe tres piezas delgadas, un poco como huesos rugosos. Dos dibujan círculos, los que montados en el panel con la cordillera invertida parecen soles raquíticos ocultándose detrás de una montaña en blanco y negro, una puesta de sol en estado de deshidratación. Otra pieza se iergue como un vestigio terminal de un árbol que soportó un incendio devastador. Estas piezas están hechas de resina y tienen manchas de toxinas vegetales extraidas del Eucalipto, como mánchas que se impregnan en las grietas y poros de su superficie. El eucalipto es una especie de árbol que ha sido introducido en el territorio Chileno por la industria maderera, modificando unos suelos que no estaban preparados para tolerar su acidés. Unas cuantas generaciones de plantaciones de monocultivo de eucalipto nos han dejado suelos faltos de nutrientes, prácticamente estériles.
Sebastián Mejía muestra algunas fotos de su serie Cuasi Oasis, donde registra palmeras que parecen estar muy incómodas al tener que habitar la ciudad. El moviliario de la ciudad parece acosarlas, cediéndoles poco espacio. Las palmeras se ven secas, casi deprimidas, con pocas hojas y poca vitalidad. La ciudad, en su contraparte parece fria, indiferente, dura y hostil. Un territorio que no sabe ser amable con las formas vivas, las estresa con la rasposidad de su presencia. Estas palmeras que son una forma de vida silvestre convertida en ornamento urbano, son como unos oasis tristes.
A diferencia de estas piezas fotográficas que parecen una especie de registro proveniente de un futuro sombrío. Las pinturas de Juana Subercaseaux son especulaciones que derivan hacia lo abstracto, pero que en su origen se nutren de una observación de elementos silvestres, la naturaleza misma. Tanto es así que uno de los cuadros se llama The River, un río que es una idea fantasmal, una forma expresiva que nos propone al paisaje en un estado de vitalidad desconocida. Estas abstracciones son como ejercicios de mirar algo que no se ve, fantasear a partir de la naturaleza, proyectando viscosidades, brillos, arideces que suelen no convivir, pero que son posibilidades de una naturaleza del futuro, devenida gesto mutante.
Las pinturas de Irma Sepúlveda retratan a unos encapuchados sosteniendo animales. Estos personajes que asociamos a la revuelta, al vandalismo con motivación política, nos son ahora presentados como personas cariñosas, que cuidan a seres vulnerables, pequeños animales. La artista se encontró con estas imágenes entre los archivos de ALF (Frente de Liberación Animal). Esta Organización activista internacional se ocupa de rescatar animales de espacios de experimentación científica y otros lugares en los que son sometidos a maltratos.
Finalmente, el Trabajo de Cristobal Cea, La cosa expandida nos presenta una animación en la que un sistema digestivo, que carece de un tejido muscular o una piel que la sostenga, flota como una red de órganos, ingrávida en un paisaje árido, un paisaje que perfectamente se pudiese encontrar en Chile. Este sistema que se alimenta así mismo con sus propias deposiciones, encuentra en este ejercicio de auto alimentción, la justificación de su existencia, se provee ciclica y repetitivamente de el alimento que moviliza su existencia. El paisaje no le ofrece nada, el sistema digestivo se tiene a si mismo, vive en el descampado, del que no necesita otra cosa que el espacio para flotar y digerir.
Termino con este sistema digestivo, que resulta una manera de recordar que la exhibición misma es un sistema que digiere (como el estómago), que propone imágenes (como el cerebro). Digerir y razonar parecen ser dos funciones distintas pero homologas, las habilidades de dos órganos distintos pero conectados. La exhibición es una especie de lugar temporal, una experiencia que contiene una serie de propuestas en torno al territorio, que visitó Japón, desde Chile.
MUNDO II (EVAPORACIÓN)
“en los intersticios de materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo, y la respiración continua del mundo es aquello que oímos y denominamos silencio”
Clarice Lispector
AGUA.
Ya mencionaba que estamos hechos, en importante medida, de agua. La humanidad es entonces un tipo de líquido, como un océano pero con otra forma, con otra manera de moverse y con la capacidad de hacer otras cosas. Podríamos decir que a los océanos, sus partículas y partes, se mueven por medio de fuerzas del tipo natural, que la física puede explicar. Toda el agua del mar se encuentra pegada, cada partícula se choca con otras generando una vastedad acuosa. Cada partícula de mar se encuentra sujeta a la voluntad de la gran masa de partículas, en este sentido se mueve todo junto, un gran ser pesado que se incrusta como una gran mancha en cada cavidad de la tierra a la que su cuerpo logra acomodarse. El océano mismo como organismo pareciera ser un gran estómago con una serie de sistemas adentro. De alguna manera todo está un poco diluido dentro del mar (por mucho que si existen contornos en su interior). Un arrecife de coral, por ejemplo, puede ejecutar una función homologable a la de un pulmón, pero sin ser cavidad. El efecto de su acción queda suspendido en el medio acuoso (y no contenido como en los órganos corporales), ejecuta su labor como un efecto al ambiente, el que luego se encarga de transportar para que su acción sea de mayor alcance. Los moluscos, filtran, como hacen los riñones, pero su estrategia no es desde la opacidad, sino desde la dispersión. Cada pequeña concha submarina esconde una pequeña lengua depurante, el efecto de todos estos seres dispersos actúa sobre el ambiente, oxigenándolo, limpiándolo. Y así lo que expulsa un cuerpo lo ingiere otro, generándose una sucesión descomunal de emanaciones fluctuantes, que atraviesan todo lo que tocan, como en una comunidad que se conecta a través de la materia misma y por medio de su flujo y movimiento. Una democracia colaborativa de los fluidos. Entonces, si el cuerpo animal está lleno de cavidades, bolsas corporales que, en su interior movilizan procesos vitales sobre las materias que engullen y hacen circular de órgano en órgano, el Mar es como una gran medusa, sin bolsa alguna, un organismo sin compartimientos, una mancha gigantesca donde los procesos vitales suceden sostenidos en él, como ser - ambiente. Pero, y así nos dice la ciencia, todo animal terrestre (incluida nuestra especie), proviene del mar. Seres que reptaron desde el agua, se han adaptado en una travesía de transformación evolutiva milenaria, hasta conquistar unas formas anatómicas adaptadas a la vida sobre la tierra. De alguna manera también somos el mar, unas partículas de este que avanzaron hacia la conquista del territorio terrestre, el que hemos logado habitar con bastante éxito. Si el delirio ambicioso de Elon Musk se concreta, podríamos decir que, unas partículas de mar rebeldes, devenidas humanas conquistará Marte. El primer guarisapo que se aventuró a escapar de los límites del agua, nunca imaginó que ese incómodo gesto de curiosidad, era el inicio de un proceso evolutivo que hoy nos tiene viviendo una fase avanzada del proceso de tecnificación del mundo. Y el cuerpo humano sigue siendo más de 50% agua. Es una parte del mar que se ha reproducido fuera de este conquistando un nuevo territorio. Pero sin duda, y aunque sigo pensando que somos cuerpos de agua y que nuestro origen son los océanos, no somos lo mismo que el mar. De este nos revelamos y hoy pareciéramos incluso agredirlo, podríamos decir que renegamos de este origen (del cual además dependemos vitalmente) cual adolescente rebelde. Y no es que le declaremos al mar nuestra animosidad, es que simplemente no sabemos vivir sin atentar contra su bienestar (que también es el nuestro, ya que, de alguna manera, seguimos siendo lo mismo). Y como descendientes del pez que quiso explorar nuevos territorios, resulta natural que, la legión de mamíferos humanos, seamos un poco antagonistas de las formas más antiguas del agua. Como planteaba en la primera parte de este texto (MUNDO I); si el cuerpo humano está compuesto en de agua, la expansión, multiplicación y crecimiento de nuestra especie implica la deshidratación de otros cuerpos.
COLONIZACIÓN.
Si la América indígena de los Siglos XVI y XVII representó, para los humanos que la invadieron, un mundo sin humanos -ya sea porque la despoblaron objetivamente, ya porque los hombres que encontraron allí no cuadraban en la categoría de humanos-, los indios sobrevivientes, los terrícolas de pleno derecho de aquel Nuevo Mundo, se vieron, a la inversa, como hombres sin mundo, náufragos, refugiados, inquilinos precarios de un mundo al que ya no podían pertenecer. Y, no obstante, inesperadamente, muchos de ellos sobrevivieron. Pasaron a vivir en otro mundo, un mundo de otros. Algunos de esos náufragos se adaptaron y se modernizaron… Otros luchan por mantener lo poco de mundo que les quedó, con la esperanza de que, mientras tanto, los blancos no acaben por destruir su propio mundo, el de los blancos mismos, ahora convertido en el Mundo Común de todos los seres vivos”
Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro.
Si la humanidad es un líquido (para esto me sustento en el hecho de la composición material del cuerpo humano, que es la unidad que constituye la humanidad), entonces los procesos migratorios, guerras y colonizaciones, de alguna manera son también fenómenos de lo líquido (en un sentido burdamente material). Derrames. Pero la parte compleja de este asunto -y la que la aleja de la mera fenomenología física- es el hecho de que la humanidad es también otras cosas. Quero plantear entonces los procesos coloniales como un problema hídrico, un asunto en el dominio de la distribución del agua (que se encuentra cifrada dentro del cuerpo humano). El cuerpo humano es portador de una serie de contenidos de diversa índole, para hablar de colonización propongo no olvidemos el dato de la composición líquida del cuerpo, pero ahora consideremos además en el contenido cultural, ideológico que se aloja en los sistemas humanos. Es en este campo en donde posiblemente encontremos mayores diferencias genéricas. Los cuerpos materialmente, inclusive genéticamente son muy similares, sus ideas eso sí, sus culturas y cosmovisiones, pueden llegar a ser opuestas, y esta sí es una característica del cuerpo humano de la que el mar no entiende. Si pensamos en las guerras como enfrentamientos materiales, podemos decir que son momentos de ebullición de la partícula humana como la reacción de distintas voluntades ideológicas en pugna (en este caso lo ideológico empuja a la destrucción de la materia). Cuando dos cuerpos culturales (o dos cuerpos de agua bajo los dominios de la forma humana) interactúan, existe la posibilidad de que sus contenidos ideológicos reaccionen de manera violenta, y esto aplica tanto a individuos como comunidades (de las dimensiones que estas sean). La colonización como un fenómeno del movimiento de comunidades europeas sobre otras zonas geográficas, si la vemos bajo la perspectiva del movimiento acuoso, podríamos decir es una especie de derramamiento o desplazamiento expansivo de una mancha hecha de personas. La unidad que compone la mancha colonialista (pienso en el proceso histórico de colonización de América) es el cuerpo humano de personas provenientes de Europa, cuya biología podríamos seguir dividiendo en unidades biológicas (hasta llegar al átomo), pero no vamos a pensar en el mundo microscópico por ahora. El cuerpo humano es la unidad, porque este está compuesto, no solo de unas materias biológicas, sino también de unas componentes culturales. Entonces, la mancha no es solo una sucesión de cuerpos hechos (principalmente) de agua, pero también de individuos portadores de unas creencias, unos idiomas, unas ideologías y productos además de la influencia de su contexto e historia. De esta manera, la contigüidad de las partículas (los cuerpos humanos) también genera ondas de movimiento, como sucede materialmente en cualquier medio acuoso. La “mancha Europea”, al no reconocerse como igual en la composición de su sustancia cultural respecto de las comunidades humanas encontradas en el “nuevo continente”, reaccionó con energía destructiva, avanzando sobre el territorio como una violenta máquina de conquista. Su objetivo es, en la medida de lo posible, neutralizar las formas culturales que ocupan el territorio ocupado, para homologarlas lo más posibles a las formas culturales Europeas. Este es un fenómeno que también se manifestó en la ínfima biología. La carga viral europea es de los primeros organismos que infiltran el territorio americano, los que, al ser completamente desconocidos para los cuerpos de esta zona del mundo resultaron dañinos, incluso mortales. Las enfermedades provenientes del continente europeo se infiltraron en los cuerpos de América, generando oleadas de enfermedades. De esta manera la fricción entre cuerpos de distintos continentes, se manifestó agresiva y llena de muerte en muchos niveles. Esto demuestra que, desde sus partes microscópicas a sus partes culturales, estas dos comunidades (colonos y nativos) siempre colisionaron con violencia mortal. Una sustancia humana se fue volviendo gobernante sobre la otra. El proceso colonial hiso desaparecer formas de vida, cosmovisiones, lenguajes, informaciones genéticas, en definitiva, todas esas variables que componen la diversidad humana. Y pensemos que un idioma no es solo un código que permite nombrar las cosas. Un idioma es un sistema para la construcción de sentido y sensibilidad. Un idioma se mueve, cambia, evoluciona, y es conformado como la estructura para la expresión y experiencia de una sensibilidad particular. Cada idioma contiene la posibilidad de constituir una subjetividad, de ensamblar una cosmovisión. La muerte de una lengua implica la extinción de una forma de existir y de sentir, una sensibilidad que procesa al mundo. Expandamos esto a escalas continentales, el impacto del proceso colonial de América es incalculable en cuanto a la destrucción de sensibilidades humanas, el fin de varios mundos.
El cuerpo es una conformación biológica, pero que contiene además una carga ideológica. La biología del cuerpo contiene la facultad de la reproducción, de manera antagónica a esta facultad tenemos la enfermedad o el envenenamiento, que, al contrario de reproducir, puede matar. El proceso de colonización está repleto de reproducción y de muerte, pero si lo pensamos bien, la carga human Europea actuó, sobre el territorio Americano como un ente viral. Su efecto, junto con el de la proliferación de cuerpos, trajo también el exterminio de unas comunidades para ser estas reemplazadas por otras (exterminio). La mera reproducción es un proceso más bien similar a la acción realizada por el estómago; la sumatoria nutritiva de organismos, un encuentro en donde dos corporalidades se entrecruzan hibridándose. La colonización, por el contrario, es un proceso en el que dos cuerpos se encuentran y el resultado es la aniquilación gradual de uno de estos, siendo la sustancia invasora la que termina por apoderarse de un territorio al que no pertenecía. Europa enfermó a América, no conocemos la cura.
CUERPOS SUCECIVOS
Solemos percibir la vida humana como el tiempo vital individual que se inicia en el nacimiento de una persona y culmina con su muerte. La vida humana se regenera en el nacimiento. Un cuerpo que genera vida humana, da a luz, es uno que se escinde. Es una biología que se reproduce, externalizando un organismo (cuerpo) que proviene de sí, del interior de su propio cuerpo, que luego se desarrolla deviniendo humano independiente. Propongo pensar la reproducción como un proceso sucesivo en la que un cuerpo, una información genética, una biología extiende su existencia. El cuerpo en el que pienso es uno lineal (en términos temporales), un cuerpo que muere y que sobrevive en un proceso biológico de perpetuación y sobrevivencia genética. El cuerpo en el que pienso dura miles de años en una posta reproductiva que procura la conservación de una información genética. El cuerpo en el que pienso es uno que lleva adelante una empresa de sobrevivencia intergeneracional. Este cuerpo es una unidad lineal bifurcada, este cuerpo nunca se termina, solo se divide sucesivamente muriendo y naciendo múltiples veces desde una misma matriz. El cuerpo que imagino es uno en el que todos los parientes de todos los tiempos son unidades de sobrevivencia de un mismo organismo inextinguible.
A diferencia de las especies no humanas, lo que sobrevive en este proceso no es solo una biología, una genética o una raza, sino también un tipo de ser humano. El cuerpo humano es un aparato político, una unidad social. El cuerpo humano es portador de sensibilidades, el cuerpo humano es portador de una cosmovisión, de una potencia poética y una política de existencia. Cuando sobrevive una biología, esta también hace sobrevivir -perpetuando- una lengua, una sensibilidad, un sistema de creencias. Dentro de este sistema de perpetuidad biológica puede haber rebeldías valiosas, pero son sin duda la excepción. La reproducción humana reproduce a su vez maneras de pensar, maneras de sentir y maneras de vivir.
LA GENÉTICA HUMANA ES LA SUSTANCIA DEL FIN DEL MUNDO.
“El blanco estudió, sabe escribir, ya sabía que el mundo iba a terminar con fuego, entonces dijo; Vamos a hacer la usina nuclear cuanto antes para que todo termine precisamente con fuego”
Chamán citado por Aldo Litaiff.
Una cultura piensa que la otra está mal. Que la manera correcta de vivir es la que ella misma ha desarrollado y bajo la cual codifica su vida. En este proceso de choque instintivo que experimentan las sociedades cuando se encuentran unas con otras, tendemos a olvidarnos de que para creer en los sistemas sociales debemos portar, como si se tratara de un virus, unos convencimientos culturales profundamente arraigados. En el mundo hay distintas formas de gobierno nacional, cada una es solo practicable en la medida de que el territorio humano que la aplique, esté también (culturalmente) convencido de que esa forma de gobierno es una manera aceptable de organización. Siempre ha habido grupos sociales y culturales que se han sentido en la posición de superioridad que les habilita para imponer sus formas de comportamiento y administración política a otras, que incluso muchas veces les quedan muy distantes. Las guerras son actos de fuerza masiva que, muchas veces, confronta la arrogancia de partes que creen estar tan en lo correcto respecto de su manera de vivir y sentir que se sienten en condición de imponérselas a otros grupos humanos. En esta desconfianza que nos producen las posturas vitales de sociedades y naciones, es que hemos desarrollado una serie de armamentos y dispositivos bélicos con la capacidad de destruir el mundo varias veces. La violencia es una dimensión, que, bajo el dominio técnico y conducción humana, ha evolucionado. Un primer armamento disponible fue el propio cuerpo, el que luego complementamos con palos y piedras, para ir posteriormente sofisticando sus dispositivos y alcances. Así se ha avanzado en la sofisticación técnica de los armamentos de guerra, y si la tecnología bélica de la primera guerra permitía envenenar el aire asfixiando comunidades completas o arrasar materialmente con ciudades, ya hacia la segunda Guerra (desde la bomba atómica) que la humanidad ha dado con una forma armamentística que puede, no solo arrasar con los dominios propios de nuestra especie y el mundo que la circunda, sino que, hemos producido la energía explosiva capaz de producir un cataclismo. Y como un terrible guion de ciencia ficción, la historia de la humanidad, es también la historia biológica en la que, una parte de la vida del mar experimenta un éxodo hacia los territorios secos de la tierra, para luego evolucionar como especie al punto de tener la capacidad técnica de producir la evaporación de toda el agua del planeta, acabando en este evento con prácticamente toda forma de vida como la conocemos; el fin del mundo. Entonces, esa colectividad de animales marinos que, en una actitud que parece curiosa o aventurera, en realidad convirtieron toda su misión, luego de un proceso evolutivo de millones de años, en la posibilidad de la destrucción de su territorio de origen. La historia de la especie humana (de esta ser la responsable del fin de la vida en el planeta) es entonces la historia de una parte del mar que se revela de si mismo y produce su evolución como una entidad capaz de generar una sofisticación técnica de la violencia para producir su autoeliminación. Una parte del mar se transformó en humanidad para producir su suicidio. Y si bien el mar puede muchas cosas, no tiene herramienta que le permita suicidarse. Nos hemos permitido ver a la eutanasia como una forma de liberación, no es de extrañar que el mundo busque las vías de, en la medida de no poseer la capacidad de auto-eliminarse, generar un cuerpo que sepa ejecutar esta tarea, ¿por qué no contar con un plan de autoeliminación? Se que suena raro, pero esta es la fantasía (a ratos muy verosímil) que nos proponen películas como 2001, donde se plantea que la robótica, como invención humana y, luego de su desarrollo como ente con relativa autonomía, se devuelve hacia su creador (la humanidad misma) para eliminarla. Lo que parecía una herramienta, es, en definitiva, una vez emancipada, nuestra asesina. En mi relato la tecnología también está implicada, el fin es similar, solo me propongo fijar el origen varios millones de años antes. De esta manera el fin del mundo no es -solo- una empresa de la que la humanidad es responsable, sino también el mar, la naturaleza misma en un desencadenamiento de procesos evolutivos que producen la autodestrucción. Muchas veces hemos tenido la tentación como especie de pensarnos como apartados de la naturaleza; “somos otra cosa”, parecemos querer pensar. ¿Pero si somos otra cosa, entonces, qué cosa? Y como es qué, de todos los cuerpos vivos, solo la evolución humana alcanza el potencial de consumir toda la vida. Esa es una diferencia que me parece relevante. Propongo que sí somos naturaleza, pero una donde la continuidad de esta (de muchas maneras y formas), se ve amenazada. Esto incluso antes de la destrucción de todo, la sola posibilidad de que nos podamos pensar como forasteros de lo natural implica una primera discontinuidad, la que hace eco en muchas de nuestras actividades. Somos los inventores de lo artificial, sea lo que sea que eso quera decir.
EVAPORACIÓN
Hoy vivimos conscientes de que nuestra propia vida ha generado sustancias que atentan contra la vitalidad del planeta, por supuesto con nosotros mismos como especie bajo amenaza de muerte. Si las generaciones humanas anteriores miraban el futuro como el espacio de lo posible, los humanos de este tiempo presentimos -o bien sabemos- que el futuro está hecho de calor, deshidratación y muerte. En este estado de conciencia, la depresión es una tendencia al alza. Autores como Franco Berardi ha reflexionado largamente en torno a esto. Si ya destruimos el mundo, o generamos una aceleración del calor que no sabemos (o no nos ponemos de acuerdo en) detener, entonces que sentido tiene seguir avanzando. La destrucción aparece como el destino posible, el acto cúlmine y más definitivo articulado por nuestra especie. El fin de la historia, bien puede ser uno que padezcamos como lenta sofocación o bien, aceleramos el proceso y hagamos una serie de explosiones atómicas que generen un alza repentina de las temperaturas, evaporándonos junto con todo lo demás que esté constituido de agua. El mundo que siempre nos ha parecido un territorio vasto, imposible de explorar en su totalidad, podría ser abrazado hasta cada rincón por un calor atómico definitivo. La explosión del arsenal nuclear mundial volvería a todas las partículas que existen en la superficie terrestre un asunto al dominio de la violencia producida por la humanidad. La pulsión de violencia del pasado (en la época pre-nuclear) tenía otros alcances. La guerra en el presente, podría implicar el fin del mundo, por lo que la pulsión de guerra de las grandes potencias -y más preocupante aún, de personas como Donald Trump o Vladimir Putin- podrían ser acompañados de un paradójico deseo megalomaníaco de trascendencia absoluta; provocar el “fin del Mundo” (sabemos que solo se acaba como lo conocemos). La próxima gran guerra puede ser el fin de la historia, el fin de la humanidad, el fin de la vida tal y como ha existido en el planeta por miles de años. Nunca le asignaremos un nombre propio a aquellos seres que tuvieron la primera pulsión rebelde y se alejaron del mar, desencadenando procesos evolutivos que poblaron la tierra firme de seres, pero si podemos tener conocimiento de quién es quién concluye con la tarea de destruirlo todo, cerrar el ciclo evolutivo que, tristemente, tiene como desenlace el vacío más desconcertante. Pero es precisamente en este punto en el que se aloja la paradoja del acto más determinante de la humanidad, y es que este implica una liberación de energía tan descomunal, que tiene la capacidad de transformar todo lo conocido de manera tan radical que, incluso no quedaría sobreviviente alguno que pueda hacer de testigo. En este punto la pulsión Narcisa pierde potencia, se da el paso más radical de la historia para encontrarse, luego de esto en un mundo sin una humanidad que pueda registrar este punto cúlmine dentro de su historia (esta se encontraría cancelada). De verdad espero que el narcisismo de los gobernantes actuales, no ponga el deseo de trascendencia por sobre las ansias de reconocimiento. Si todo viene del Big Bang como explosión original del universo, la bomba nuclear puede ser el fenómeno del origen a la inversa, eso sí, en la pequeña escala de nuestro planeta, ese lugar donde queda todo lo que conocemos.
FIN
Al pensar en el mar, en el líquido, mencionaba que todas las unidades que lo componen están en contacto. Cada movimiento se traspasa a la partícula siguiente. Una ola es la acción en cadena de las partículas de agua empujándose unas a otras a través de la vastedad del mar, de costa a costa. En este espacio no existe individuo posible. Ni siquiera cabe acá la idea de lo “individual”, todo en el mar es “lo mismo”, mar, una comunidad indivisible. Si consideramos la vida sobre la tierra como un continuo evolutivo que se inicia en el mar (o una evolución de una parte del mar), podría uno decir, que la mayor conquista en términos de diferenciación respecto del origen, sería la individualidad. Las ideas políticas de Socialismo, por ejemplo, recogen en su reflexión sistémica respecto de la composición de lo humano, al mar y su sustancia interconectada como modelo. Las tendencias políticas actuales (post-fascismos) nos entregan el diseño de lo colectivo como una estructura de la competencia. Cada unidad constitutiva de lo social -cada persona- como un cuerpo en pugna con el siguiente. Estamos aspirando a conquistar una forma organizativa social que se opone sustancialmente a la forma organizativa del agua -la sustancia madre- lo que es una contradicción de lo que somos como especie; una nueva forma del agua. Nunca ha habido un tiempo como este, en el que el proyecto de destrucción del mundo resulte tan escalofriante (por su condición de posibilidad).
Javier González Pesce
[1] Brauch de Spinoza. Ética.






















































